Las babosas del camino

Las babosas del camino

El tren se acercaba lentamente con su cansino traqueteo. Había llovido la noche anterior, y la humedad impregnaba el ambiente. Los árboles se quitaban de encima las gotas de lluvia, que caían formando charcos por la vereda que discurría paralela a las vías. Los frondosos jaramagos bordeaban el camino aún empapados.

Estaban sentados al borde del camino,  en una gran piedra en la que el sol de la mañana incidía directamente. Con los ojos entrecerrados, como si quisieran absorber hasta el último rayo, los dos hombres parecían disfrutar de aquel baño de luz.

— Te contaré algo, Joaquín. Yo no es que sepa mucho, pero esto es lo que te puedo decir, porque es lo que vi.

El otro hombre asintió, dándole pie a continuar.

— Me gusta venir aquí todas las mañanas. Y a veces suele pasar un pastor con un enorme rebaño de cabras y ovejas. Habrá como unas 100 cabezas. Un buen rebaño, ¿sabes?

El otro hombre asintió. Comprendía.

— Claro, los días como hoy, lo puedes comprobar, verás que las babosas y los caracoles salen de entre los jaramagos y se plantan en el medio del camino, inconscientes del peligro que corren. Pues bien, he visto como ese rebaño pasaba por encima de ellas y no las pisaba. No parecía posible que se salvaran, lo se porque fui plenamente consciente del momento y estaba seguro de lo que les iba a ocurrir a las imprudentes criaturas. Entonces el rebaño paso y ahí seguían, como si nada.

El otro hombre asentía de nuevo.

— Luego pasó un hombre, que simplemente venía dando un paseo, como podemos hacerlo tu y yo. Y las piso a todas. A todas

Hizo una pausa, el otro hombre no dijo nada.
— Y entonces lo comprendí todo, ¿sabes Joaquín? Todo.

En ese momento el tren pasó por delante de los hombres, dispuesto a perderse por el horizonte.

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