Destino

Destino

Una vez cerca de ella, me calmé. Tenía esa extraña facultad sobre mí. Me calmaba, me relajaba. Entonces empecé a hablar. Le conté todo. Poco a poco, sin dejarme detalles. Todo parecía importante. Y ella me miraba, incitándome a hacerlo, haciendo parecer que cada cosa que contaba era importante. Y entonces paré, después de un tiempo, no se durante cuánto; paré. Ella me miró fijamente un rato, como recogiendo las últimas muestras y después, lentamente, asintió.

—Está bien.

Llevaba puesta una camisa y unos pantalones blancos, ropa fresca para aquel verano tan caluroso.

—Me lo has contado todo, sí, creo que no te has quedado nada. Y yo creo que lo he escuchado todo. No me gusta dar una opinión sin antes estar segura de haberlo entendido todo. Esto puede pasar dentro de unos segundos o dentro de unas horas. Eso no lo sé. Ese tipo de cosas no se saben. ¿No te parece?

Al levantarse el roce de su ropa levantó un leve susurro.

—¿Café? —preguntó.

—Con leche y dos azucarillos, gracias.

Asintió y se dirigió a la cocina.

El ambiente en la sala era raro, como si el tiempo hubiera quedado estancado. Algo había en la atmósfera de aquella casa que te producía cierto consuelo. No sabría decir el qué, como no sabía explicar muchas de las cosas que ocurrían en torno a ella.

De fondo se oía el tintineo de los cacharros al hacer el café: la máquina hirviendo primero, después el líquido derramándose en las tazas y por último, el tin tin al poner las tazas y el azucarero encima de una bandeja. El olor del café inundó la sala y al igual que el tiempo; se quedó allí suspendido, seguramente para siempre.

Volvió y dejó la bandeja encima de la mesa. Tomó un sorbo de su taza y asintió.

—Aún está caliente, espera unos segundos.

Fui a coger la taza con sumo cuidado y me quemé.

—Te lo dije —me dijo con una tenue sonrisa.

No sabía qué decir. Creía que ella empezaría pero transcurrieron unos segundos y nadie dijo ninguna palabra. Ella me miraba, de hito a hito, examinándome, dando pequeños sorbitos. Al cabo de un tiempo, depositó la taza y habló.

—Bien. Creo que he llegado a una conclusión. Me ha venido con el último sorbo. Creo que algún matiz del sabor del café me ha traído la respuesta. Y es amarga.

No esperaba otra cosa después de lo sucedido.

—Y he aquí lo que pienso: huye.

Me levanté y abandoné la habitación. Eché a correr y no paré hasta que mis pulmones reventaron. Luego miré atrás. No vi a nadie. Saqué un billete de autobús a una ciudad que me pareció lo suficientemente lejana y, traqueteando en un autobús rumbo al norte, huí esperando despistar a lo que sea que me persiguiera.

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