La estación

La estación

El ciclo comenzaba con la llegada de un tren. La estación, hasta ahora respirando en soledad, contemplando la quietud del no movimiento, de repente cobraba vida. Rezumaba actividad. Ella, enfundada en su uniforme, se dejaba arrastrar por la fuerza de la corriente vital. Algo inevitable, que le gustaba y con lo que se ganaba la vida. Primero los pasajeros, después, la cosa no paraba, el hormigueo era constante hasta que el andén se inundaba de personas, cada una con un destino, cada una con una historia. Luego el ruido, antes de ver el morro de la imponente masa metálica llegando por la vía. Acto seguido, el caos organizado. Gente esperando en los andenes a que se abrieran las puertas. “Antes de entrar hay que dejar salir”, repetía ella a las personas con una sonrisa siempre asomando a sus labios. “Permítame ayudarle”,  la oían decir cuando se daba la oportunidad. “Sí, este tren va allí”. “No señora, su tren es en la vía 3”. Y un sin fin de frases más. Todas estudiadas, todas oportunas. Siempre con su sonrisa.

Los pasajeros bajaban, los pasajeros subían, cada uno buscando su destino. Y ella permanecía allí. Siempre. Y cuando todo terminaba, la soledad volvía a abrazarla. Una metáfora de su vida que se repetía una y otra vez en su trabajo. El ciclo se cerraba.

–¿Todo bien?–  preguntaba el jefe de estación.

–Claro– respondía siempre con una sonrisa, con la certeza de que otro tren llegaría.

Categorías: Colaboradores, Literatura
Etiquetas: Literatura